Conferencia “ADOPCIÓN EN PRIMERA PERSONA”, Sábado 13 de Marzo de 2010.

Ponentes:  BEATRIZ SAN ROMAN y LAURA HECKEL, de la Voz de los Adoptados.

RACISMO:

Es evidente que el racismo existe, las personas no nacen siendo racistas sino que aprenden a serlo y generalmente suelen hacerlo de sus progenitores y ambiente en el que viven.

A nuestros hijos adoptados hasta una cierta edad les sirve la explicación que es bonito ser diferente, que “mola” ser de otro color y que a nosotros nos encanta su tono de piel. Suele ser a partir de la educación primaria cuando sufren más con el tema del racismo y ya no ven que “mole” tanto ser diferentes.

Como padres  no podemos ignorar  siempre las agresiones ( de cualquier tipo)que puedan sufrir nuestros hijos, lo primero por que a ellos no les sirve de consuelo y porque no se sentirán comprendidos por nosotros. Es por eso por lo que debemos apoyarles poniéndonos en su situación y llegar al punto de tener que lamentarnos y demostar nuestros sentimientos conjuntamente para que se sientan comprendidos y entendidos. No les ayudamos “no viendo” el color de su piel, no dándole importancia.

Debemos reconocer su sufrimiento de ser diferentes y ponérselo en palabras para aliviarles y que se sientan entendidos ” hijo entiendo que estés triste y enfadado porque no quieres ser negro”.

No es bueno que los queramos proteger constantemente del racismo porque siempre habrá situaciones que se nos escapen de nuestras manos o no estemos para defenderles.

Hay que explicarles cuanto antes que es el racismo y dando ejemplos como “que aburrido sería un mundo donde todos fuésemos iguales”. Debemos construir su identidad y trabajar su autoestima.

A continuación un testimonio de un joven: “Sólo me siento español en mi casa, fuera de ella, no.

Frases célebres:   

“El racismo es útil. Si fuera inútil dejaríamos de ser racistas”, Margarita del Olmo.

“Ojala seamos capaces de transmitir a nuestros hijos, que uno no es más rico cuanto más tiene, sino cuanto más es”, Justo vasco.

Laura Heckel de 28 años fue adoptada con días, su madre con 8 años le contó que era adoptada.  A continuación expone que ha supuesto el ser adoptada en su vida.

Expone ejemplos cotidianos que le ocurren actualmente:

       -Al entregar el C.V en una entrevista de trabajo deja reflejado que su país de origen es Colombia y su nacionalidad es Austriaca. El personal que le hace la entrevista al leer estos datos le comenta que no existe “ningún problema” por que no sea el mismo país el de origen y el de la nacionalidad. Ella piensa “¿porque iba a ver un problema?, ¿donde está ese problema?”, pero evidentemente no se lo dice al entrevistador para no crear tensión ya que le    interesa bastante el puesto de trabajo. El entrevistador ya la ha “etiquetado” y evidentemente no la llamaron.

– Laura es de Colombia y no tiene ni los rasgos ni la tez característicos, por eso siempre la han dicho que suerte tiene al no parecer colombiana. Ella se pregunta ¿porque tengo suerte de no parecerme a la gente de mi país de origen cuando me siento orgullosa de serlo?.     

Frases  que la dicen habitualmente:                   

–         Que suerte que te han adoptado,

–         Que suerte que te han podido educar bien,

–         Que sería de ti si te hubieses quedado en Colombia.                          

 Todas estas frases y alguna más que la gente le dice día a día, la llegaron a  crear problemas de autoestima y un sentimiento de culpabilidad. Como se siente ante estos comentarios:

–         Siente que no pueden aspirar a nada mejor,

–         Piensa que su familia es una ONG(tiene dos hermanos también adoptados),

–         Se siente muy agradecida                  

–         Siente malestar

–         Con complejo de inferioridad

–         Sin valores y sin autoestima

Las consecuencias de todos estos sentimientos son:

–         Quería esconder sus orígenes    

–         Sentía que no tenía derecho a preguntar a sus padres y hacía casi de psicóloga al pensar que les podía hacer sufrir y sentir mal aunque ella necesitaba peguntarles para completar su “puzzle de vida”.             

A día de hoy tiene que estar dando explicaciones de su adopción , debe escuchar comentarios desagradables hacía su país y comenta que se siente extraña entre los españoles por que ellos no la consideran española pero entre colombianos también se siente extraña por que no habla con su mismo acento y no tiene las costumbres típicas de Colombía, “me siento extraña vaya donde vaya”.                

¿QUE NECESITAMOS DE LOS PADRES?

–         Herramientas de seguridad que nos hagan sentir que sois nuestros padres. Una seguridad plena ante situaciones críticas que puedan poner los hijos como “tú cállate que no eres mi madre”. Solemos pensar que si ya nos abandonó nuestra madre biológica, por que no lo vais a hacer vosotros?.

–         Cuidado con los prejuicios ante cualquier persona incluso extranjeros.

–         Comunicación abierta con empatía. Ej: el hijo le pregunta a su padre, ¿Papá cuanto tiempo estuve en el orfanato? El padre puede responder: Unos 8 meses pero no te preocupes que ya pasó y ahora estas bien con nosotros, (aparentemente  es una respuesta buena pero no le damos pie al niño ha hablar y ha empatizar con él). Mejor sería contestarle: Me alegra que me lo preguntes porque quiero saber como te sientes al pensar que estuvíste en el orfanato unos 8 meses, (con esta contestación estamos invitando al niño a hablar y expresar sus sentimientos).

–         Necesitan saber que pase lo que pase siempre vamos a estar ahí, “necesitamos que nos entendáis y nos apoyéis”.

–         Debemos explicarles la adopción tal y como es, sin edulcorar, la adopción les devolvió lo que nunca debían haber perdido, ellos tiene el derecho como menores a tener una familia que desafortunadamente un día perdieron.

Web de La  Voz de los Adoptados  http://www.soyadoptado.es/

Web de Laura Heckel  http://www.adopmundi.com/ 

Resumen de la charla hecho por: Soraya Torrejón Hidalgo.

1 Response to “Adopción internacional y sus diferentes etapas”


  1. 1 Charo Soriano noviembre 15, 2011 a las 9:39 am

    Hola a todos:

     

    Soy madre adoptiva (de adopción internacional) desde hace cuatro años y medio y desde hace un tiempo vengo encontrándome a menudo – tanto en blogs sobre adopción como en escritos diversos en prensa, entrevistas, medios audiovisuales, etc – con opiniones, afirmaciones, juicios y valoraciones que, si en un principio me chocaban y sorprendían, han acabado por irritarme en cierto grado.

     

    Como probablemente me extenderé bastante, empezaré disculpándome por ello y expresando de antemano – aún a pesar de mi desacuerdo con un gran número de las opiniones en ellos vertidas – mi apoyo a iniciativas como este blog y a asociaciones diversas que permitan tanto a los adoptados como a los adoptantes, encontrarse, buscar, expresar y compartir lo que sea que deseen o necesiten encontrar, buscar, expresar y compartir.

     

    Me gustaría, pues, hablar de algunos temas que suelen aparecer en los medios – por descontado en internet – y con los que discrepo en gran medida. Uno de estos temas es esa especie de idealización teñida de sentimentalismo que se hace de la madre biológica, de la familia biológica, y del país y la cultura de origen.

     

    Personalmente me haría profundamente feliz saber que la madre biológica de mi hija la quería inmensamente y – no obstante a quererla inmensamente – decidió dejarla en un orfanato y darla en adopción. Pero resulta que no lo sé. No sé si la quería o si no la quería. Y esa es una posibilidad … como también lo es que no la quisiese. El amor paternal, maternal y filial no es un absoluto universal, ni es obligatorio, ni se da por añadidura (ni el biológico ni el adoptivo). No hay que viajar al tercer mundo para encontrar padres que no aman a sus hijos y que ni siquiera los respetan como seres humanos: las consultas de los psiquiatras y psicólogos de nuestro primer mundo rebosan de traumas infantiles, de amores paterno filiales mal gestionados y del enrevesamiento, la frustración y el dolor proveniente de las relaciones y de los afectos familiares – y los pacientes no fueron necesariamente “niños adoptados” – para no entrar en cuestiones como malos tratos físicos, abusos sexuales, familias desestructuradas y adicciones y dependencias diversas.

     

    Hablaré del país de origen de mi hija aunque imagino que la situación en otros países tercermundistas será, en muchos aspectos, semejante. Los orfanatos mienten: no dicen la verdad sobre la familia, la edad, los motivos, las circunstancias, la historia familiar … ni siquiera sobre el estado de salud. Enredan, tergiversan, ocultan información, la falsean, y los adoptantes no tenemos absolutamente ninguna seguridad acerca de lo que nos dicen. En mi caso hasta se podría hablar de una cierta extorsión o cuanto menos presión, y desde luego de un afán de sacar el máximo provecho económico posible y no precisamente en beneficio de los niños.

     

    Cuando empecé el proceso de adopción ni siquiera sabía que se daban en adopción niños con familia, cuanto menos con madre: los suponía abandonados, sin referencia, sin nadie. No conocía directamente a ninguna persona que hubiese adoptado y me enteré de que era posible hacerlo en solitario a través un programa de televisión: uno de los personajes de la serie era una mujer que adoptaba sola. Empecé por informarme en dos ecais de mi ciudad y desde el principio tuve claro que quería una niña de unos de siete años. En una primera visita quedé muy satisfecha tras la charla informativa grupal en uno de los centros y tuve, sin embargo, una impresión muy desagradable en el otro que, por cierto, tenía muy buena fama en foros de internet y etc (ética, formalidad, trato cercano, claridad, preocupación por los niños) … Me parecieron informales en el peor de los sentidos y, sobre todo, trataron descaradamente de dirigirme a un país de los varios que llevaban entonces, cuyas dificultades eran notorias (por necesidad de operar con intermediarios diversos etc etc) y en el que los gastos aproximados de la ecai bordeaban por encima la cifra de 30.000 euros. Como no me gustó lo que vi decidí que adoptaba con la primera ecai – y por tanto en el país que llevaba la primera ecai – e inicie el papeleo y pedí una entrevista personalizada para ahondar un poco más en la información. Acudí pues a esa entrevista segunda y mi estupor fue de primer orden cuando la persona que me atendía me explicó que el niño no estaría en el orfanato sino que, cuando yo llegase al país, los padres o la familia biológica me lo entregarían. Argumenté que yo no quería adoptar un niño que tuviese familia sino un niño que hubiese sido dejado en un orfanato y pregunté como no me habían dicho aquello en la primera entrevista, a lo que mi interlocutora contestó, todavía amablemente, que aunque a mí me pareciese extraña esa era una práctica habitual en el país y que para ellos (los del país) era normal. Contesté que tal vez fuera normal para ellos pero que no lo era para mí, y viéndome “dura de pelar” en el tema, la señora, ya de forma bastante menos amable y con claras intenciones coercitivas, me puso el ejemplo de “una chica como yo” que habían tenido y que en principio se había opuesto a ese tipo de adopción pero que, en vista de que llevaba esperando cuatro años para la asignación, decidió claudicar y enseguida tuvo al niño. Estupefacta me fui de allí y me dirigí al protocolo público para el mismo país, que era además más barato que la ecai y cuyo mediador, tras exponerle desconcertada el caso, me juró y perjuró que él solo trabajaba con niños que llevaban ya bastante tiempo en los orfanatos cosa que, ya estando en el país de mi hija, pude comprobar que era una absoluta y radical mentira más. Quiero hacer aquí un inciso: la directora de la ecai a la que me refiero fue nombrada poco tiempo después directora del organismo autonómico que regula las adopciones en mi comunidad autónoma, cargos ambos incompatibles. Ignoro si dejó o no la ecai (se rumoreaba que no) pero sí sé que el protocolo público fue anulado y ahora sólo se puede ir por esa ecai. La falta de ética no es sólo un hecho flagrante en el país de adopción sino que empieza, lamentablemente, por nuestro país y por nuestra administración.

     

    En el primero de los viajes que realicé al país de mi hija, para conocerla y firmar papeles, una de mis principales preocupaciones era obtener la máxima información posible sobre su familia de origen, circunstancias y demás, información que, cuando ella fuese adulta y necesitase reconstruir su historia, sería de extrema importancia. Sin embargo, y a pesar de mi insistencia, pude obtener muy pocos datos (apenas el nombre de la madre y poco más) y una historia que – transcurrido el tiempo – no sé cuanto tiene de cierta pero sí sé que contiene falsedades, todo ello, además, a través de un intérprete. Me contaron que su madre le dijo a mi hija que tendría otra mamá porque ella no podía cuidarla. Mi hija me explicó años después que su madre fue a verla una sola vez al orfanato y que no le dijo nada de eso. Nueve meses después y en un segundo viaje para recoger a la niña y firmar definitivamente, la información que obtuve fue la misma.

     

    Fue ya después de la adopción cuando descubrí que, efectivamente, no sólo nos mienten a nosotros, los adoptantes, sino a ellas, las madres biológicas. Me enteré de que el país de mi hija, uno de los más pobres del mundo, es también uno de los países en los que hay irregularidades, falta de transparencia y sospecha de “compra” de niños a sus familias. Conocí en primera persona – ya aquí y un par de años después de la vuelta – un caso lamentable del mismo orfanato en que estuvo mi hija, al que el gobierno de su país bloqueó las adopciones que, por lo que sé, todavía continúan bloqueadas.

     

    Y es cierto que se buscan niños a través de intercambio económico con las familias y es cierto que en muchos casos las madres – analfabetas y campesinas – no saben leer y no saben lo que firman ni comprenden a lo que acceden, y también es cierto que en muchos casos no tienen claro el concepto de “adopción” y creen que es una especie de “beca” en el extranjero, que el niño estudiará y volverá, y que además tendrán noticias de él cuando quieran … pero también es cierto que en ocasiones ese intercambio tiene unos matices impresionantes y es – por parte de las familias biológicas – de un interés y de un mercantilismo que asusta (he sido testigo de alguna de esas experiencias) y es cierto que, a veces, los familiares biológicos saben perfectamente lo que hacen al dejar a los niños pero después lo niegan con objeto de obtener un beneficio económico de los padres adoptantes, y es cierto además que una práctica social comúnmente admitida y un patrón que se repite, es el abandono de un hijo por parte de una madre – soltera o viuda – para establecer un nuevo vinculo matrimonial, y también es cierto de nuevo – y conocido y ampliamente difundido – que en el país de mi hija los familiares biológicos (a menudo el tío pero en ocasiones el padre) venden a sus hijas (niñas de siete y ocho años) a redes de prostitución y pedofilia sabiendo perfectamente a donde las llevan y esperando que regresen a los veinte años, con dinero (y con sida), a construirles una casa … y es cierto que en ocasiones les amputan miembros para que, pidiendo, obtengan limosnas más sustanciosas, y es cierto otra vez, que las calles están llenas de niños (algunos muy pequeños por cierto) que viven y duermen en ellas esnifando pegamento en bolsas de plástico (yo los he visto: al lado del hotel en el que nos hospedábamos). La pobreza es una lacra y una inmensa vergüenza para la humanidad, y una de sus peores consecuencias – y que suele olvidársenos – es que, no siempre pero sí a menudo, embrutece.

     

    No sé si son este tipo de familias – bastante más comunes de lo que imaginamos, por cierto – a las que se refiere el artículo firmado por Maite Cortés – “Cuando la adopción busca familias a niños que ya tienen una” – en blog.postadopcion.org, al afirmar que “SÍ tienen una familia, una que no se puede hacer cargo de ellos, pero al fin y al cabo una familia”. Yo diría, Maite, que los niños que tienen una familia que no puede hacerse cargo de ellos necesitan una familia que SÍ pueda hacerse cargo de ellos. Así ocurre – y debe ocurrir – también en el primer mundo: cuando la familia no puede hacerse cargo de los niños pasan a la tutela del Estado, y en ese “hacerse cargo” se incluye, desde luego aunque con evidentes matices, la cuestión económica. A tu pregunta sobre “¿qué es exactamente lo que les damos a nuestros hijos que no les pueden dar sus familias? ¿ropa, zapatos, colegios, clases de natación, terapias, prótesis dentales….?” te contestaré con las palabras de mi hija a los siete años (ocho y medio en realidad), dos o tres meses después de su llegada. En aquella ocasión le pregunté si no le gustaría que yo comprase un piso en su país de origen y nos fuésemos las dos a vivir allí: me contestó que no, que allí iríamos de vacaciones, al hotel X (y aquí el nombre del hotel en el que estuvimos durante la adopción), pero que a vivir nos quedábamos aquí. Mi siguiente pregunta fue porqué prefería que nos quedáramos aquí, ella contestó exactamente y con este orden de prioridades: “porque aquí hay más comida y más juguetes”.

     

     

    Y SÍ, resulta que la comida y los juguetes son importantes, del mismo modo que es importante abrir el grifo de agua caliente y poder darte una ducha diaria, y es importante también no tener que quedarte en la cama pegada a otros niños todo el día sin ir al colegio – un día detrás de otro día – porque hace mucho frío, y de igual modo es importante estar calentito en tu casa, no dormir en el suelo encima de una estera, no tener que limpiar los wateres del orfanato, no tener que lavar los pañales llenos de caca de los bebés más pequeños (“allí se lavan, mamá, y se vuelven a usar”), no tener que aguantar que un desgraciado te golpee con un látigo (a mi hija le marcó la espalda de un latigazo un cuidador del orfanato y a un amigo de mi hija, alguien – presuntamente su tío o su padre – le dejó el cuerpo lleno de marcas por quemaduras de cigarrillo y etc etc), tener la posibilidad de estudiar (¿Maite, no has visto nunca alguno de esos documentales en los que niños del tercer mundo, de ocho o diez años, hablan de lo mucho que les gustaría estudiar pero no pueden porque han de trabajar diez horas al día, por ejemplo en una cantera? … ) ir al médico cuando toca, llevar gafas si las necesitas, ídem.id prótesis dentales o, incluso, operarte del corazón: también conozco, de primera mano, un caso del país de mi hija cuya madre adoptiva se encontró, ya aquí y tras un informe médico perfecto en la adopción, con una enfermedad coronaria y un pronóstico de vida a un año si la niña no se sometía a una operación, situación que, por descontado, en su país de origen hubiera significado la muerte. ¿Por qué crees, Maite, que los habitantes del África subsahariana arriesgan su vida en una patera para llegar a Europa? … pues ni más ni menos que por estas fruslerías que parece que en tu opinión son las que les damos a nuestros hijos pero que no son importantes. “Esos críos no pueden salir de una familia, de un país, simplemente porque no hay para comer”, continúas en el artículo. ¿Los debemos, entonces, dejar allí para que se mueran de hambre? …

     

     

    La pobreza es una lacra moral de la humanidad aunque no es responsabilidad única de los padres adoptantes como parece filtrarse del contenido de tu artículo, sino de todos y cada uno de los seres humanos, adoptantes y no adoptantes, y especialmente de nuestros gobiernos. Te sugiero que para contribuir, a nivel particular, a erradicar la pobreza, cuando te vayas a comprar unos pantalones o unos zapatos de temporada, inviertas ese dinero en el tercer mundo y te vistas y te calces con la ropa de hace quince años. Y la misma filosofía puedes aplicarla al ordenador, la cámara fotográfica, el móvil, una cena en el restaurante, el coche, un viaje, un nuevo sofá para el comedor o un piso: puedes vivir de alquiler toda tu vida y dedicar el dinero que hubieras invertido a proyectos solidarios en el tercer mundo. “No puedo soportar que se utilicen sus circunstancias para justificar nuestros procesos de adopción”. ( De nuevo artículo de Maite Cortés, referido a las madres biológicas de nuestros hijos ). Maite, sólo se intenta justificar aquello que – en el fondo, en algún rincón secreto de uno mismo – se cree injusto. Yo no necesito justificar la adopción de mi hija, simplemente es lo mejor que he hecho en mi vida, estoy absolutamente satisfecha y feliz, y lo repetiría siete millones de veces, pero, personalmente, me molestan extremadamente los que van dando lecciones de ética y de vida a los demás pretendiendo que sus opciones, juicios y valoraciones, son mejores y mas dignas que las de sus semejantes. Así que, en tanto que la cuestión de la pobreza no se soluciona (¿sabes cuantos millones de niños mueren de hambre en el mundo anualmente? …) – y no parece que la cosa vaya a ir muy rápida – ¿sugieres que dejemos a los niños sin comer, sin estudiar, sin protección médica y, lo que es incomparablemente peor, solos en instituciones en las que no pueden recibir el cariño, el amor y el apoyo de una familia? …

     

    En lo que a mi respecta jamás me he sentido ni he intentado sentirme “solidaria” por adoptar, como tú indicas. La adopción no es cuestión de solidaridad sino de egoísmo como la mayoría de las actividades del ser humano – actividades centradas en el ego – y exactamente igual que la maternidad y paternidad biológicas. Queremos ser padres y madres y buscamos como realizar nuestro deseo o necesidad: se trata de una actividad egóica. Eso no quiere decir, por descontado, que yo defienda que ese deseo o necesidad deban actuarse a cualquier precio, pero desde luego, adoptar no es un acto de generosidad como tampoco lo es parir. En cuanto a tu afirmación sobre creernos “con derecho a traernos a un niño porque es pobre” , por mi parte no sólo no me creo con ningún derecho sobre mi hija (y en general sobre nadie) sino que lo que me creo y, sobre todo, lo que me siento, es inmensamente agradecida hacia ella que me ha permitido ser su madre, hacia su madre biológica porque la trajo al mundo, hacia las personas que la cuidaron y la quisieron antes que yo aunque fuera por momentos, hacia la persona que a pesar de que era “mayor” para la adopción decidió falsear los datos e incluirla en los niños adoptables de su orfanato, hacia el mediador de la adopción que me mintió descaradamente sabiendo que era mayor de lo que yo tenia en el C.I, al azar o al destino que hicieron que fuera Ella, y a la Vida. Modestamente, creo que la mayoría de los padres adoptivos coincidirán en éste sentimiento conmigo.

     

     

    Quiero ahora referirme al tema concreto de la madre biológica: su dolor, su pena, su vacío, su sentimiento de culpa. De nuevo Maite Cortés es autora de el artículo. Paso a comentar algunas de las afirmaciones que me sorprenden.

     

    “Nadie jamás les dijo que esa decisión de dar a sus hijos a una “mejor” vida será la fuente de su dolor, de su desdicha, de su vacío. Ni que sus hijos también sufrirán las consecuencias de esa decisión”. Disculpa, Maite, pero a ningún ser humano “le dice nadie” que decisiones en su vida serán fuente de felicidad o de dolor. Uno tiene que preveerlo por sí mismo y a veces, muy a menudo, uno se equivoca: en ésta como en cualquier otra decisión, importante o menos importante, de la vida. Hay un matiz que pareces olvidar: elegir significa responsabilizarnos de nuestras elecciones y de sus posibles consecuencias, concuerden éstas o no con nuestras previsiones y deseos. Las madres biológicas son – en la mayoría de casos – adultas y, como tales, responsables de lo que hacen. No hablo de culpa sino de responsabilidad: responder de los propios actos. Y no creo que sea demasiado difícil preveer, incluso para una campesina analfabeta (mi abuela fue una campesina pobre y analfabeta que no sabía leer ni escribir y sin embargo era una mujer muy inteligente) que cualquier decisión sobre tu hijo hará que tu hijo sufra – o goce, en su caso – las consecuencias de esa decisión.

     

     

    “No tuvieron realmente opciones y, cuando no hay opciones, no hay libertad ni hay justicia”. La libertad humana no es un absoluto. La libertad humana – la mía, la tuya, la de estas mujeres, y la de mi vecino de enfrente – es siempre relativa y condicionada y hace referencia no a lo que puedo y a lo que no puedo hacer, a lo que tengo y a lo que no tengo, sino a lo que hago con lo que tengo – sea lo que tengo poco o mucho – a lo que elijo hacer con eso que tengo, entendiendo por “eso que tengo” a mis circunstancias y capacidades, físicas, económicas, psicológicas, emocionales, familiares, políticas, culturales, intelectuales, y de todo tipo. Siempre hay opciones por mucho que en ocasiones sean todas extremadamente precarias, y se elije siempre – por activa o por pasiva -. En consecuencia, pues, siempre se es responsable de lo que se elije hacer o dejar de hacer. Las madres biológicas de nuestros hijos eligieron dejar a sus hijos en orfanatos, eligieron separarse de ellos, eligieron firmar los papeles o consentir en la adopción, incluso para los casos en que fueron engañadas eligieron confiar en quien las engañó (pudieron elegir no confiar) y en los casos en los que las obligaron eligieron no rebelarse … Estoy de acuerdo contigo en cuanto a la ausencia de Justicia, la vida es injusta y no sólo para ellas – ¿es justo, quizás, que a los veintidós años un tumor y un error médico me dejasen sin poder tener hijos? … – pero no en la ausencia de responsabilidad. No las estoy juzgando, no digo que no comprenda su elección, su dolor o su vacío, ni que yo en su caso hubiese hecho algo mejor o distinto: lo que digo es que todos, absolutamente todos los seres humanos, somos responsables de nuestros actos y que lo que hacemos tiene consecuencias que debemos asumir.

    “Y a esas madres se les niega algo que necesitan: el derecho a saber que sus hijos están bien.” Entiendo su necesidad pero esa necesidad no constituye un derecho. Dejaron a los niños: no tienen derechos sobre ellos.

     
     
     

    “Nosotros celebramos lo que ellas lloran en silencio”. “Reconocer que nuestra dicha, nuestro gozo, es su eterno dolor, su inmenso vacío”. Estas frases me parecen el colmo del sentimentalismo panfletario. Parece como si las madres biológicas fueran unas pobres víctimas inocentes y los adoptantes una pandilla de desalmados que hemos ido a robar sus niños y que construimos nuestra felicidad sobre su dolor. Se te olvida, de nuevo, un detalle Maite, y es que mi alegría y su dolor no son simultáneos en el tiempo sino consecutivos y que son, además, consecuencia de dos acciones diferentes realizadas por sujetos distintos. Nuestra dicha no es su eterno dolor. Nuestra dicha proviene de nuestra elección y su eterno dolor proviene de la suya. Yo no celebro el dolor de esas mujeres ni el de nadie, no celebro lo que una de esas mujeres llora (su pérdida): yo celebro mi encuentro. La madre biológica de mi hija tomó la decisión de dejarla y esa será – si lo es – la razón de su dolor y su vacío: yo tomé la decisión de adoptarla y esa es la razón de mi gozo. Y precisamente porque esas mujeres me merecen respeto como seres humanos no las reduzco a la categoría de víctimas sino que les reconozco la de personas que eligieron en condiciones extremadamente difíciles y dolorosas, que es probable que se equivocaran o no, que tal vez se arrepintieran o no … pero que, en cualquier caso, son responsables de lo elegido.

    “Ellos fabrican y nosotros compramos” titula su artículo en otro blog sobre adopción (adopmundi.com) la adoptada Laura Heckel. Pues no, radicalmente no. Yo no compré a mi hija, la encontré abandonada en un orfanato. Insisto: no culpo a la familia biológica de ese hecho. Pero la realidad es esa y no otra. Entiendo el dolor, el vacío y el sacrificio de dejar a un hijo como entiendo otros muchos dolores, pérdidas y vacíos, pero por encima de ese dolor, de ese vacío, siento el dolor de mi hija, su soledad, su desamparo, su infancia, sus preguntas, su abandono. Y todo eso ya estaba en ella antes de que yo llegara a su vida: no lo descubrió conmigo. Unos dos meses después de su llegada, mientras hacíamos un pequeño viaje en tren, mi hija me contó, en su castellano aún muy balbuceante, como la llevaron a un sitio en donde había muchos niños y la dejaron allí, y que ella se había puesto a llorar. Y luego temblando añadió suplicante: “Mami, tú no dejes” (así, sin el reflexivo).

     

    Tengo una niña de doce años apadrinada en el mismo país de mi hija, y la historia de la niña es idéntica a la de la mía. Pero a ésta, si no me equivoco, la llevó al orfanato la policía y aunque tiene a alguien – alguna casa en la que se refugió tras el abandono de la madre – en el centro ni siquiera saben el parentesco o relación que les une. Desde luego ni van a verla ni ella sale del orfanato para ir a visitarlos. ¡Una estupenda vida para una niña que, a los dieciséis años, cuando se termine el orfanato, tendrá que irse a la calle sola! … Después de la adopción de mi hija, viajé a China acompañando a una amiga en la adopción de su niña. De los bebés entregados dos tenían una importante deformidad en la cabeza uno de cuyos lados era plano de forma que la parte de atrás era mucho más estrecha que la de delante como resultado de haber permanecido tumbados, en la misma posición, durante Dios sabe cuanto tiempo. En uno de los casos he sabido que la deformidad es irrecuperable y con previsibles consecuencias neurológicas. ¿Debemos dejar a estas niñas en sus orfanatos y no adoptarlas porque sabemos que pagando una cierta cantidad económica sus padres hubieran podido conservarlas o debemos considerarnos ladrones o compradores de niñas chinas porque nos las llevamos al primer mundo?

     

    Sugiero que mientras siga habiendo un intercambio de dinero (“donativos” a orfanatos) e incluso una compra de servicios (psicólogos del C.I. ecais, agencias de viajes, etc) el comercio de niños, muy lucrativo para algunos, no cesará. Es como el tema de la droga: si una ralla de cocaína costase 50 céntimos en lugar de 100 euros se terminaba el tráfico internacional. ¿A quienes interesa que esto no cambie? … A pesar de lo dicho no me parece que debamos denigrar las adopciones ni que los adoptantes tengamos que tolerar que se nos dediquen consideraciones tan inadmisibles ni que se nos trate con tal absurda falta de respeto. Por cierto, China, uno de los países en los que no se paga nada como donación al orfanato, tiene un nivel de corrupción interior en torno al tráfico de niños impresionante. Como debido a la política del hijo único y las adopciones y demás, se encuentran en este momento con un número de mujeres – y de niñas – mucho menor que el de varones, la última moda son ahora las redes de trafico nacionales que proveen de niñas – pequeñas y sanas, escogidas en ocasiones en atención a unos rasgos físicos más o menos agradables para los adoptantes – a las familias pudientes con un hijo varón. Estas niñas son “adoptadas” para ser educadas como futuras esposas – y prácticamente siervas – del rey de la casa, el niño. Eso debe de formar parte también de esa “cultura de origen” que nuestros niños adoptados deben de venerar en detrimento de este mundo occidental nuestro, tan consumista y superficial, que los adoptantes les ofrecemos – según Maite Cortés – como única aportación a sus vidas.

     

     

    Un saludo:

    Una mamá adoptiva (M.R.S)

     

     

    P.D. Mi hija está haciendo ahora su árbol genealógico para la escuela y hemos incluido, a sugerencia mía, además de a su etnia (como raiz y origen) a la rama biológica de su familia y el único nombre que tenemos de ella: el de su madre con quien ella, no obstante, convivió muy poco (vivió con los abuelos)

     


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